La Última Fotografía
Published by Vanessa Garcés under on 1:31
Por: Vanessa Garcés Velasco
Bajaba las escalas despacio y con un sigilo desgarrador, se notaba en su rostro que la amargura había llegado a su vida desde hacía años y que todo por cuanto había esperado en su vida, no había tenido un complaciente final.
Hamid con su estatura media, además de sus cejas y barba poblada, demostraban cuan arraigada se encontraban en él las raíces afganas, esas que con su abuela marcaron un período de emigración y desplazamiento de una Afganistana totalmente seducida por el imperio británico. Colombia, un país con más posibilidades para vivir con una dosis mínima de calma; podía agradecer a sus tradiciones la habilidad en la fabricación de alfombras, negocio rentable para una época de lujos individuales entre los ostentosos ricos del momento.
Hamid, que con los pliegues de su rostro mostraba la herencia que sin duda le dejaban sus años, tenía gran fascinación por la fotografía, arte aprendido de manera empírica a mediados de siglo y que inició con una cámara réflex fabricada a finales de los treinta, aún tenía algunos vestigios de humanidad o por lo menos esa existencia utilizable y práctica de lo que se vence en el tiempo. Su percepción acerca de tal arte estaba determinado por considerar que sólo las fotografías tenían la capacidad de guardar el recuerdo de un sentimiento, las cualidades de un momento, que sin duda darían una satisfacción más ante un inevitablemente lecho de muerte.
Su mañana aquel día inició con los mismos movimientos al despertar, esos de tocar su barba para determinar si se encontraba en la realidad y la de limpiar la saliva derramada en su almohada, que curiosamente según él formaba figuras del arte más abstracto naturalmente conocido. Tenía la costumbre de estar siempre sin calzado en su apartamento mientras preparaba un simple desayuno a base de pan tostado y un poco de leche.
Su radio sólo anunciaba la ola de homicidios en la ciudad de Medellín, cosa que hacía despertar en él un poco de aburrimiento, pues consideraba que el mundo tarde o temprano terminaría cavando su propia tumba y que su función en ese momento sería simplemente registrar en imágenes algo que al futuro pueda darle mejores resultados en sus acciones.
Así luego de sus rituales irreductibles, se abalanzó por su cámara, esa que tenía registrados un centenar de matrimonios, “primeras comuniones”, bautizos y un sin número de niños y parejas aparentemente felices, que no tenían mejor opción que visitar las esculturas de Botero y registrar el gran momento en el que la obesidad y un lindo recuerdo conservaban un mismo espacio.
Recuerda aquel día como el más extraño de toda su vida ya que se vio marcado por la silueta de una linda mujer. Todo parecía ser más lento, la cabellera roja de la joven con la que minutos antes había compartido el puesto de un bus interurbano, ahora pasaba calles frente a él exhibiendo su perfecta figura. No tenía recuerdo alguno de haberse fijado antes tanto en una mujer, en intentar dibujarle con la mirada y predecir sus movimientos; su persecución inconsciente continuaba, le mirada alejarse pero pronto recapacitaba y empezaba a seguirle nuevamente, todo de forma periódica hasta que sin desdén en el cruce de una calle populosa su figura se confundió entre la multitud de ciudadanos apurados por sus días laborales.
Retornó lleno de dudas a su lugar de trabajo, a su oficina ambulante, esperando que un niño rogara hasta el cansancio a su madre para que le hiciese tomar una fotografía sobre en el busto inferior de una estatua, estatua en forma de pájaro con altos problemas de colesterol y poco ejercicio.
La tarde continuaba sin nada nuevo que mostrar mientras se acercaba la noche, solo rostros pocos conocidos y algunos tantos atracadores que nunca faltaban en el lugar, creando estúpidas persecuciones. El cansancio de una jornada poco pesada le hacía sentirse un poco inútil, pero el recuerdo de una chica poco vista regresaba a él las energías que en años de juventud nunca pudo aprovechar.
Atravesó la calle para ir a comprar un café y así resistir un poco más el cansancio antes de irse, cuando a lo lejos cercano al punto donde se encontraba minutos antes, la misma cabellera roja iluminaba el centro del parque, casi pudo sentir que su vida nuevamente perdía el curso de la monotonía, realmente sentía que aquel espécimen extraño empezaba a iluminar la plaza del parque y que gracias a la ilusión podía ver un camino que se abría entre la multitud y donde lograrían encontrarse fortuitamente.
Su último recuerdo anuncia que la bomba hizo que se desmayase por un momento, dice que sus tímpanos guardaban un pitido constante y que las esquirlas le habían perjudicado un poco el costado derecho de su abdomen. Pero que algo, un sentimiento grande hacía que su interés estuviese expresamente en cruzar la calle y saber cual era el destino de su verdadero amor, aunque fuese netamente platónico.
Aún conserva varios recortes de periódicos que mira a cada instante y unas que otras fotografías que tomó en el momento posterior a la explosión, donde no se reconocen más que cuerpos desmembrados y cenizas de lo que alguna vez tuvo forma, veinte muertos marcaron fuertemente el corazón de la ciudad.
Ha dejado de utilizar las cámaras fotográficas, pues los médicos del Hospital Mental de Bello recomiendan pocos objetos con los que pueda llegar a perjudicarse. Solo tiene acceso a la planta baja por medio de unas escalas con pocos bordes filosos para guardar la seguridad de los enfermos de menor riesgo y a una zona lúdica con algunos juegos de mesa. A diario puede vérsele contando una y otra vez la historia de su amor platónico a sus compañeros de patio, mientras enseña con una esperanzadora seguridad las fotografías que tomó, argumentando que por más que las mira, no logra ver entre el color de la sangre y de las partes dispersas por el lugar, la tonalidad de los cabellos de quien le marcó para siempre su vida, haciendo así que las víctimas solo fuesen diecinueve.
Hamid con su estatura media, además de sus cejas y barba poblada, demostraban cuan arraigada se encontraban en él las raíces afganas, esas que con su abuela marcaron un período de emigración y desplazamiento de una Afganistana totalmente seducida por el imperio británico. Colombia, un país con más posibilidades para vivir con una dosis mínima de calma; podía agradecer a sus tradiciones la habilidad en la fabricación de alfombras, negocio rentable para una época de lujos individuales entre los ostentosos ricos del momento.
Hamid, que con los pliegues de su rostro mostraba la herencia que sin duda le dejaban sus años, tenía gran fascinación por la fotografía, arte aprendido de manera empírica a mediados de siglo y que inició con una cámara réflex fabricada a finales de los treinta, aún tenía algunos vestigios de humanidad o por lo menos esa existencia utilizable y práctica de lo que se vence en el tiempo. Su percepción acerca de tal arte estaba determinado por considerar que sólo las fotografías tenían la capacidad de guardar el recuerdo de un sentimiento, las cualidades de un momento, que sin duda darían una satisfacción más ante un inevitablemente lecho de muerte.
Su mañana aquel día inició con los mismos movimientos al despertar, esos de tocar su barba para determinar si se encontraba en la realidad y la de limpiar la saliva derramada en su almohada, que curiosamente según él formaba figuras del arte más abstracto naturalmente conocido. Tenía la costumbre de estar siempre sin calzado en su apartamento mientras preparaba un simple desayuno a base de pan tostado y un poco de leche.
Su radio sólo anunciaba la ola de homicidios en la ciudad de Medellín, cosa que hacía despertar en él un poco de aburrimiento, pues consideraba que el mundo tarde o temprano terminaría cavando su propia tumba y que su función en ese momento sería simplemente registrar en imágenes algo que al futuro pueda darle mejores resultados en sus acciones.
Así luego de sus rituales irreductibles, se abalanzó por su cámara, esa que tenía registrados un centenar de matrimonios, “primeras comuniones”, bautizos y un sin número de niños y parejas aparentemente felices, que no tenían mejor opción que visitar las esculturas de Botero y registrar el gran momento en el que la obesidad y un lindo recuerdo conservaban un mismo espacio.
Recuerda aquel día como el más extraño de toda su vida ya que se vio marcado por la silueta de una linda mujer. Todo parecía ser más lento, la cabellera roja de la joven con la que minutos antes había compartido el puesto de un bus interurbano, ahora pasaba calles frente a él exhibiendo su perfecta figura. No tenía recuerdo alguno de haberse fijado antes tanto en una mujer, en intentar dibujarle con la mirada y predecir sus movimientos; su persecución inconsciente continuaba, le mirada alejarse pero pronto recapacitaba y empezaba a seguirle nuevamente, todo de forma periódica hasta que sin desdén en el cruce de una calle populosa su figura se confundió entre la multitud de ciudadanos apurados por sus días laborales.
Retornó lleno de dudas a su lugar de trabajo, a su oficina ambulante, esperando que un niño rogara hasta el cansancio a su madre para que le hiciese tomar una fotografía sobre en el busto inferior de una estatua, estatua en forma de pájaro con altos problemas de colesterol y poco ejercicio.
La tarde continuaba sin nada nuevo que mostrar mientras se acercaba la noche, solo rostros pocos conocidos y algunos tantos atracadores que nunca faltaban en el lugar, creando estúpidas persecuciones. El cansancio de una jornada poco pesada le hacía sentirse un poco inútil, pero el recuerdo de una chica poco vista regresaba a él las energías que en años de juventud nunca pudo aprovechar.
Atravesó la calle para ir a comprar un café y así resistir un poco más el cansancio antes de irse, cuando a lo lejos cercano al punto donde se encontraba minutos antes, la misma cabellera roja iluminaba el centro del parque, casi pudo sentir que su vida nuevamente perdía el curso de la monotonía, realmente sentía que aquel espécimen extraño empezaba a iluminar la plaza del parque y que gracias a la ilusión podía ver un camino que se abría entre la multitud y donde lograrían encontrarse fortuitamente.
Su último recuerdo anuncia que la bomba hizo que se desmayase por un momento, dice que sus tímpanos guardaban un pitido constante y que las esquirlas le habían perjudicado un poco el costado derecho de su abdomen. Pero que algo, un sentimiento grande hacía que su interés estuviese expresamente en cruzar la calle y saber cual era el destino de su verdadero amor, aunque fuese netamente platónico.
Aún conserva varios recortes de periódicos que mira a cada instante y unas que otras fotografías que tomó en el momento posterior a la explosión, donde no se reconocen más que cuerpos desmembrados y cenizas de lo que alguna vez tuvo forma, veinte muertos marcaron fuertemente el corazón de la ciudad.
Ha dejado de utilizar las cámaras fotográficas, pues los médicos del Hospital Mental de Bello recomiendan pocos objetos con los que pueda llegar a perjudicarse. Solo tiene acceso a la planta baja por medio de unas escalas con pocos bordes filosos para guardar la seguridad de los enfermos de menor riesgo y a una zona lúdica con algunos juegos de mesa. A diario puede vérsele contando una y otra vez la historia de su amor platónico a sus compañeros de patio, mientras enseña con una esperanzadora seguridad las fotografías que tomó, argumentando que por más que las mira, no logra ver entre el color de la sangre y de las partes dispersas por el lugar, la tonalidad de los cabellos de quien le marcó para siempre su vida, haciendo así que las víctimas solo fuesen diecinueve.