UNA LABOR INVISIBLE
Published by Vanessa Garcés under on 15:57
Por: Vanessa Garcés
La jornada diurna empieza para la ciudad, multitudes de personas que vienen desde las altas cumbres de una región rodeada de montañas, se ven descendiendo de los transportes públicos que aglutinan sus emociones y las expectativas personales del día; poco a poco este sin número de gentes empiezan a invadir cada acera, cada paso peatonal y cada semáforo en busca de ahorrar el mayor tiempo posible para lograr hacer sus diligencias o simplemente cumplir con un mapa trazado y así llegar a tiempo a su lugar de destino.
Los alrededores de la iglesia San José de la ciudad de Medellín no son la excepción, pues el tumulto, las actividades informales, los creyentes que buscan adorar a su Dios, o las personas que simplemente se sientan a observar el pasar de los peatones, convierten este escenario, en el espacio propicio para el desarrollo de una actividad del rebusque, que aunque mal remunerada, pues carece de seguridad médica y prestaciones, se presenta como lo único a realizar en un país donde los índices de desempleo cada vez son más alarmantes.
Tres hombres llegan y se ubican en lugares estratégicos, por donde una mayor cantidad de personas pasen, y empiezan a partir de ese momento a realizar su actividad laboral. La medición de que tan eficientes han sido durante la jornada se mide por el número de volantes entregados a los transeúntes, sin que necesariamente estos deseen recibirlos y sin importar incluso que tras su paso se encuentre una alfombra de basura urbana y de publicidad perdida.
Cada tanto llevan sus dedos a la boca para remojarles de saliva y así lograr que cada papel no se adhiera a otro, evitando que se desperdicien más de la cuenta. Van marcando una sincronía, sus dedos funcionan como máquinas que automáticamente restituyen el papel que milésimas de segundos antes fue entregado, maniobran con los papeles haciendo de un trabajo monótono un juego de habilidad, de estrategia. Son colocados minuciosamente en las manos de los transeúntes, hasta el punto de muchas veces no despertar en ellos el menor cuidado.
Frente a uno de los semáforos de la Avenida Jorge Eliecer Gaitán, más conocida como la Avenida Oriental, se ubica un hombre de piel trigueña y mediana estatura, con un color de cabello castaño, nariz achatada, expresivas cejas y barba afeitada. Lleva puesta la camisa de su equipo favorito, el Atlético Nacional, que exhibe con orgullo y que encaja con su pantalon café, sujetado a su cuerpo gracias a la presión que solo un cinturón puede ofrecerle. Tiene en su cuello una camándula de cuencas plateadas que muestra orgullosamente sobre su camiseta, demostrando así sus predilecciones religiosas. Para él la jornada laboral apenas empieza.
Su experiencia es mínima en comparación con los dos sujetos que se encuentran a pocos metros de él, sus manos toscas sólo le permiten la entrega de un volante a la vez, mientras sostiene con la otra el tumulto de papeles. Casi nunca mira a los ojos de las personas y tiende a sonreir sutílmente cuando consigue su cometido, mostrando alegría al ver que alguien conserva por lo menos varios metros el respectivo volante.
El pequeño rectángulo de papel delgado de siete centímetros de largo y cinco de ancho, que cada segundo intenta dejar en las manos de cada persona, ofrece diferentes servicios entre los que se puede mencionar: “atraigo y domino a tu ser querido sin que se entere ni causarle daño”, “trabajos garantizados, importante: done lo que usted desee al ver los resultados”, “si has intentado en otros lugares sin resultados positivos visíteme y te asombrarás” entre otras frases más que se encuentran acompañadas por figuras monocromáticas.
El sol comienza a coronar la altura, el medio día expone un calor sofocante y los ardientes rayos golpean por igual los cuerpos de todas las personas que salen a almorzar: el segundo momento propicio para este oficio.
Para las personas que pasan de un lado a otro, estos sujetos hacen parte ya de la estética urbana, siendo tomados como un elemento mas del medio, como un adorno coloquial de la realidad, como algo tan insignificante que nisiqueira merece ser mirado. Todos tienen su propio afán, la preocupación por regresar a tiempo a su lugar de trabajo, de estudio y a sus respectivos trámites. Sin embargo, para ese sujeto con camiseta del nacional y camándula de cuencas plateadas este gran flujo peatonal representa la posibilidad de que su “montoncito” de volantes comience a rebajar notablemente.
El cansancio empieza a notarse en su aspecto, resbalan grandes gotas de sudor que recorren su rostro inexpresivo hasta descender por su cuello y ocultarse en sus ropajes; la saliva es innecesaria, el sudor, que también inunda sus dedos es suficiente para "repartir" sus volantes, logrando que los papeles se desprendan y tengan una buena circulación, haciendo las cosas ( ¡a dicha suya!) un poco más "fáciles".
El sol comienza a descender y cada vez más se acerca a la montaña occidental que rodea la ciudad. De un momento a otro se pierde entre la multitud el repartidor, llevando entre sus manos la poca publicidad que le queda. Su robusto cuerpo empieza a notarse entre los transeuntes; en una de sus manos se encuentra una bolsa transparente con más publicidad y en la otra conserva una servilleta de lo que pudo ser el fruto de su trabajo hasta el momento...
En su rostro puede percibirse un fatiga acumulada, un cansancio que no cesa y un leve ademán de preocupación: ya nadie recibe lo que trata de entregar y entonces empieza a contar lo que le queda. Ya la noche ha llegado para quedarse y él es consciente de que su jornada laboral a finalizado. Se aleja entre y de la gente, mirando al suelo, observando a su paso, quizas el resultado de su día: un sin número de papeles arrugados y pisoteados por el mundo, la realidad de un trabajo que ante la humanidad pareciera merecer la indiferencia.
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